El Registro Nacional De Armas (Argentina) exige como requisito
para la obtención de la
Credencial de Legítimo Usuario la realización de un examen
físico, un examen psíquico y la instrucción de tiro, ya sea para tenencia,
portación o uso de explosivos.
Tal como se señaló en una nota anterior, si bien es improbable
que un delincuente se provea de armas por las vías habituales, el caso del
llamado “Tirador de Belgrano” da cuenta de cómo una evaluación insuficiente o
inadecuada puede resultar en lo que podría denominarse como una “licencia para
matar”.
Fue precisamente este caso el que determinó la reglamentación
por la cual se establece que la certificación de la aptitud psíquica debe ser
otorgada por un profesional de la salud mental y que no basta un examen médico
general.
En aquél escrito anterior también señalé que una apropiada
evaluación debe incluir los aspectos relacionados con la impulsividad
heteroagresiva y por lo tanto la posibilidad de un deficiente control de los
impulsos; los signos capaces de revelar la existencia de una patología
psicótica; la posibilidad de una ideación suicida; y aquellos signos vinculados
con el abuso de sustancias psicoactivas y antecedentes de patologías
neurológicas como las epilepsias.
El problema que surge es la forma de implementar esta
evaluación, ya que como en todas las actividades lo real guarda una distancia
con lo ideal y esto refiere a la misma distancia que puede encontrarse entre lo
posible y lo imposible.
Tal vez los lectores coincidirán conmigo en el punto de que no
es posible administrar una interminable batería de técnicas de psicodiagnóstico
para llegar a una conclusión sobre la aptitud psíquica del sujeto examinado. Y
aún cuando esto fuera posible, tampoco sería capaz de proporcionar una certeza
perdurable por los cinco años de validez de la credencial de legítimo usuario
de armas otorgada por el RENAR.
Una primera respuesta al interrogante sobre cuál es una
evaluación posible consiste en que siempre tenemos que tener presente que lo
primero que aparece de un sujeto es su presencia en la entrevista y, con ella,
todos aquellos elementos que algunas veces se han pasado por alto, tal como
probablemente haya sucedido en el caso del “Tirador de Belgrano” mencionado.
El principal y más inmediato instrumento de evaluación es la
entrevista y la semiología observable en el curso de la misma, ya que la
presentación del sujeto va a poder proporcionar los elementos más importantes y
más reveladores de su estado psíquico.
Su vestimenta y cuidado personal, los signos de patologías
orgánicas, su discurso, la mímica, la psicomotricidad, la orientación, estado
de conciencia, sensopercepción y todas sus funciones psíquicas van a orientar
al examinador hacia cualquier cuadro psicopatológico que pueda presentar el
examinado.
Así, el discurso podrá revelar un estado de ánimo deprimido o
exaltado; algunos temblores podrán dar cuenta de un estado de ansiedad o de un
posible abuso de sustancias; las bruscas distracciones y las actitudes de
escucha podrán indicar la existencia de alucinaciones que intentan ser
disimuladas; los ojos y la mirada van a proporcionar elementos de alto valor
semiológico, principalmente las pupilas con signos de midriasis en el consumo de
estimulantes del SNC, o los signos de miosis en el consumo de opiáceos, y los
signos de enrojecimiento podrán ser un indicio de consumo de marihuana.
En definitiva, la entrevista y la evaluación de la semiología
son simultáneas y solidarias, y no son un mecánico interrogatorio con preguntas
del estilo de “¿escucha voces?”, sino que implican una atenta observación
clínica, a veces con alguna pregunta ingenua y otras veces con alguna pregunta
no tan ingenua. Esta evaluación, esta escucha y esta mirada son las que van a
proporcionar las más valiosas respuestas sobre quién está ahí, frente a
nosotros.


